Del marxismo clásico al progresismo globalista Continuidad y mutación

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Carlos Sabino

Consejo Internacional de Fundación Faro

Antecedentes: el marxismo triunfante

El marxismo clásico no resistió el paso del tiempo. Convertido en la principal corriente del socialismo, se expandió a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Se oponía al capitalismo, al que consideraba históricamente condenado, previendo la aparición de un nuevo “modo de producción”, un nuevo sistema en que la clase obrera iría a convertirse en la clase dominante, acabando finalmente con la división de la sociedad en clases y, por tanto, con la lucha de clases, considerada por Marx como “el motor de la historia”.

 

Fue renovado por Lenin, en 1917, cuando audazmente se apoderó del poder durante la Revolución Rusa y estableció un nuevo régimen, el comunismo. La Unión Soviética, creada poco después, fue el foco de las esperanzas de un par de generaciones y acrecentó su prestigio al formar parte del bando de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. El comunismo se expandió, abarcó la China y el este de Europa, y vivió entonces sus mejores momentos. La Unión Soviética se convirtió en una superpotencia que disputaba el primer lugar en el orden mundial.

 

Pero, en el momento de su auge, precisamente, la izquierda marxista comenzó a deslizarse por el camino de su fracaso. Tanto en lo ideológico como en lo político o lo económico, la Unión Soviética y las ideas que encarnaba fueron perdiendo su atractivo. Los cambios sociales ocurridos desde la época de Marx y las propias acciones de los estados comunistas fueron las causas esenciales de ese declive.

 

La sociedad, durante la segunda mitad del siglo pasado, tenía muy pocas semejanzas con la de los tiempos de Marx, cuyos vaticinios, por otra parte, habían resultado completamente errados. No estaba ya compuesta, en lo esencial, por dos clases antagónicas -burgueses y proletarios- que actuaban como conjuntos homogéneos, sino por una multiplicidad de sectores y estratos diversos, para nada comprometidos en la lucha de clases. Los obreros, en ninguna parte, se comportaban como revolucionarios, y el nivel de vida había ascendido notablemente en los cien años transcurridos. El marxismo, como doctrina o supuesto socialismo científico, nada tenía que decir a las nuevas generaciones.

 

Si en el plano de la teoría los marxistas habían quedado en la más completa orfandad, en el ámbito de la práctica su fracaso era aún mayor. La URSS había tenido que intervenir en Hungría y en Checoslovaquia para que no abandonaran el comunismo, se había alejado de una China que había roto con sus dogmas ya en 1978, y actuaba, casi sin disimulo, como una verdadera potencia imperial. Su economía tambaleaba, en medio de la perenne escasez de bienes de consumo y su retraso tecnológico comenzaba ya a ser evidente. Peor era aún su desempeño en cuanto a la tan pregonada igualdad social, pues la sociedad soviética se había convertido en una de las más rígidamente estratificadas.

 

El shock

Todos estos factores se fueron conjugando para que los dirigentes de la Unión Soviética comprendieran que necesitaban realizar profundas reformas. Pero estas, como un dique que se rompe, acabaron por resultar inmanejables y sacaron a luz todo el descontento reprimido durante siete décadas. El comunismo implosionó, colapsó en medio de conflictos nacionales y sociales. Hubiera sido fácil de predecir esto unos años antes, pero sin embargo tomó a todos por sorpresa: fue un verdadero shock, que se hizo visible en la inolvidable imagen de los alemanes destruyendo el infame Muro de Berlín.

 

Después de la caída del muro y de las reformas económicas chinas, de la disolución de la Unión Soviética y el abandono del comunismo en toda Europa oriental, la izquierda radical quedó huérfana de referentes. Como alguien dijo -un sacerdote que fungía como de capellán de la guerrilla marxista de Guatemala- fue una ominosa “nube negra” que quebró sus esperanzas de convertir al comunismo en el nuevo orden mundial.

 

Para todos los que aún querían seguir combatiendo al odiado capitalismo fue un tiempo de desánimo, de contemplar atónitos cómo se desvanecían sus proyectos. Es cierto que los cambios eran parte de un proceso que, como tal, había comenzado ya con el desprestigio de la URSS en años anteriores y con la pérdida de sentido de un marxismo clásico superado por la historia. Pero el shock hizo imperioso ahora, para esa izquierda, encontrar alternativas a términos tan desgastados como la dictadura del proletariado y la construcción del socialismo. Y lo hizo.

 

Pronto encontró nuevos sujetos y nuevos motivos para crear frentes de lucha en un combate ideológico del que nunca estuvieron dispuestos a renunciar. Si la lucha de clases y la revolución socialista no eran ya las banderas a levantar había, sin embargo, un ancho campo en el que podían concentrar sus esfuerzos: el de la sociedad misma y su base -la familia-, el del medio ambiente, el de la salud, y el de la larga lista de “derechos” que se crearon durante el siglo XX. Y esto podía hacerse no solo dentro del marco de cada estado nacional, siempre algo estrecho, sino a través de organizaciones supranacionales, como las que se crearon a partir de 1945, o de ONGs que trascendieran las fronteras de cada país.

 

Veremos, seguidamente, con qué medidas la nueva izquierda está intentando modificar nuestros valores y nuestro modo de vivir. Pero antes es preciso hacer notar que no toda la izquierda sufrió el dramático golpe de la desaparición del comunismo. Los más moderados, quienes aceptaban el sistema capitalista para transformarlo, los socialdemócratas, salieron prácticamente inmunes de la debacle. Al contrario, los partidos de esa tendencia resultaron favorecidos por la declinación de sus primos comunistas, pues mostraron a muchos que se podía seguir siendo de izquierda en un mundo en que no existieran los soviets. La principal razón de esto hay que encontrarla en las políticas que derivaban del núcleo de la filosofía de los socialdemócratas, de partidos afines a ellos y de los partidos de centro, sobre todo en Europa: el estado de bienestar o estado benefactor.

El radicalismo de la nueva izquierda

Este cambio tan profundo que han sufrido los objetivos y el programa de la izquierda, que la hace irreconocible con respecto a lo que era medio siglo atrás, se caracteriza por promover una ampliación del papel del estado en detrimento claro de la autonomía y los verdaderos derechos individuales. No podemos aquí detallar cada una de sus propuestas y acciones, pues se necesitarían varios libros para exponerlas, pero sí hacer un recuento sumario de las principales.

 

La izquierda -que se llama a sí misma progresista, para mostrar una mejor imagen- encontró varios nichos en los cuales podía ejercer su influencia, así como estrategias capaces de hacerle recuperar posiciones. Los temas y los métodos que pasaron a ser parte de su agenda son problemas reales, pero que se asumen de un modo radical, conflictivo, buscando siempre hacer prevalecer la acción del estado sobre los cambios que produce el orden espontáneo de la sociedad.

 

Un factor común a las políticas de izquierda es que todas las soluciones que se proponen corren a cargo del Estado, una institución esencialmente compulsiva que en última instancia recurre a la violencia. Las propuestas de la izquierda promueven la ampliación de sus funciones, invadiendo cada vez más las esferas privativas del individuo en lo que respecta a la salud, la familia, la religión y la economía. Son decididamente colectivistas, poco tolerantes y en muchos casos agresivas, y se basan en un modo de concebir lo social que recurre a la división y la oposición entre diversos segmentos de la población. Se adscribe a cada persona a un grupo o sector, y se trata de maximizar sus beneficios y privilegios en contra, explícitamente o no, de los grupos que se suponen opuestos. Así actúan muchas feministas, personas con identidades sexuales no convencionales y grupos étnicos o lingüísticos. Por todo esto se asemejan a los comunistas y revolucionarios del pasado siglo, aunque, dadas las diferencias en el discurso, conviene llamarlos de otra manera, aunque no hay un consenso al respecto: algunos prefieren hablar de una izquierda cultural, de un marxismo cultural o de una nueva izquierda; otros los definen como globalistas o aceptan su autoasignado nombre de progresistas; podría llamárselos también

neocomunistas. En todo caso lo importante es distinguirlos nítidamente de los liberales, aunque en Estados Unidos y buena parte de Europa así se los designe.

 

El feminismo, que alguna vez cobró sentido frente a un orden que relegaba a la mujer, se ha traducido en una serie de leyes que imponen cuotas que, en definitiva, las desvalorizan. Sus expresiones más extremas consisten en una oposición al hombre, como las que proclaman las llamadas feminazis. La odiosa persecución a los homosexuales, que era corriente en épocas pasadas, se ha convertido en una imposición de valores que los exaltan y que ha llegado a extremos como el de crear infinidad de supuestos géneros, promoviendo incluso cambios de sexo en niños que llegan a la horrorosa práctica de mutilaciones y tratamientos químicos nocivos. La preocupación por el cuidado del ambiente ha derivado en prohibiciones absurdas, que vulneran la propiedad privada y afectan la economía, imponiendo al consumidor elevados costos. El racismo se ha combatido imponiendo cuotas que, en el fondo, no son otra cosa que un nuevo racismo, opuesto al anterior. La salud ha sido tomada como excusa para imponer o prohibir ciertas medicinas y tratamientos, poniendo la ciencia médica al servicio de discutibles ideologías y, es bueno recordarlo, inmensos intereses económicos. La posición de los globalistas y de la OMS durante la pandemia del COVID 19, con sus inhumanas prohibiciones, es una clara muestra de los extremos a los que se puede llegar en este sentido.

 

Podríamos seguir enumerando y detallando las posiciones de una izquierda que no parece conocer límites, ni siquiera los de la ciencia o la razón. Pero lo importante es subrayan que hoy se está difundiendo una reacción contra sus absurdas políticas, que no solo amenazan a grupos específicos en determinadas naciones, sino que atentan brutalmente contra los valores centrales de nuestra civilización. Rechazar y dar el combate, ideológico y político, es imperioso para todos los que podemos llamarnos liberales clásicos, libertarios o anarcocapitalistas.

 

Carlos Sabino

Guatemala, 2025